Minificciones matemáticas (VI)
No pongas límites a mis funciones. Aspiro a un entorno infinito.

Desde el punto de vista de un gaditano, el Océano Pacífico es el fin del mundo. De allí parecen regresar estos señores enchaquetados, maletín en ristre, el paso acompasado.
Quizás son de un pequeño pueblo costero y llevan años trabajando en la megalópolis y querían volver a los orígenes. O a lo mejor sólo querían, como yo, sentir la brisa marina. O no tenían nada que hacer hasta la hora de la cena más que llenarse los zapatos de arena.
Es la foto que más me gusta de ese día. Es la imagen de una historia de la que nunca conoceremos el final, como en las novelas japonesas. Me da sentimiento de lejanía y de proximidad a la vez. Todos los mares son el mismo mar. Sólo hay un mundo. Me encanta estar aquí y me va a encantar volver con mis amigos y con la gente a la que quiero.
Por fin hay luz y ya se ve, mas no fue por mor de Dios: es por un gran bang que lo que no fue, ya es.
La luz que es el Sol es de gas, y del gas de su piel se da el ser. Tras el ser, el gen, un pez, tú, yo y él.
Con la voz un ser se ve a él y ve que el que no es él, es vil. Es el bien y el mal. De tal quid se dan el clan y la ley, mas no hay rey que dé la paz.
Y ya es hoy. El tren, el chip, la red, y ya sé por qué hay luz y por qué se ve.
Bender, en la lista Snark.
Mi patria son las calles Brasil y Muñoz Arenillas, concluyó el melenudo mientras apuraba el porro.
Ella era una estrella del rock and roll y yo,… bueno, yo era solamente su camello. ¿Qué otra cosa podía hacer? Toda la vida adorándola a distancia, entre risas, colocones y deudas. Por eso, cuando la discográfica decidió que sería beneficioso para su imagen que hiciera una cura de rehabilitación después del escándalo del Teatro Maestranza… ¿qué otra cosa podía hacer? La alejarían de mí, de mi mundo. Nunca más volvería a necesitarme. Nunca más volvería a sonreírme.
Organicé una fiesta de despedida, en la que no faltó de nada. Absolutamente de nada. De hecho, el speed llevaba algunas cosas más de la cuenta. Dime: ¿qué otra cosa podía hacer?
Era el principio de un sueño. Era el final del principio de un sueño. Íbamos a hacer una revolución diferente. No queríamos el poder, queríamos acabar con el Poder. Hacer el amor y no la guerra. Encontrar la playa que había debajo de los adoquines.
Solo una cosa no hay
y es el olvido
(J. L. Borges)
Despertó sin saber dónde estaba. Antes de abrir los ojos ya notó que no reposaba en su cama. Entreabrió los párpados y casi vio un techo rotundamente blanco. Sin sobresaltarse (viajaba mucho y no era una sensación extraña) intentó recordar. No pudo. Pensó en su nombre: Jaime. Saberlo lo tranquilizó. ¿Qué había hecho la noche anterior? Ni idea. Cumpleaños, lugar de nacimiento: sin problemas. Una humilde ciudad costera, hacía 29 años, 6 meses y 19 días. Se movió despacito e intentó incorporarse.
Id, viril Idrid: dirigid, insistid, dividid, imprimid vil iri; dirimid civil, difícil lid; infligid ministril crisis; fingid bilis, sífilis, tisis sin fin; vivid mil brindis, y … gris fin, dimitid.
Anonimo nos contó en Cambalache 3.14 que Màrius Serra en su libro Verbalia se lo atribuye a Albaigès
¿Amor compacto?
¡Jamás!
De tus caricias no quiero
extraer un recubrimiento finito.
Primer premio de #micromates en el Carnaval Matemático 5.7, edición Alan Turing (2014)
Cuento del mes de Abril de 2023
A la mañana, Ana sacaba la sábana blanca ya lavada. La amarraba a la cama, la aplana, llamaba a la mamá:
-¡Mamá, mamá, acá, la cama ya va acabada!
La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de la gravedad.
Ana María Shua, citada en Todavía, comentando Por favor, sea breve.
Una de las muchas versiones que circulan de este clásico por las facultades de Matemática. Feliz #DiadePi y #DiadelaMatematica
embébese Esther del leve mecer del relente:
-Excelente, vegeté tres meses en el éter… ¡fetén!
De repente Pepe, ese mequetrefe que es el gerente de Mercedes Benz, se yergue de entre el verde césped, emergente el repelente pene.
Lo peor de todo no es volver a verte todos los días a la hora del aperitivo. Ni siquiera recordar tu cuerpo desnudo, tu tatuaje secreto, esa serpiente que parecía avanzar lentamente hacia tu sexo inflamado por el deseo, tu lencería de seda azul eléctrico acariciando tus pezones erectos, tus gemidos, tus miradas…
Trabaja como si no necesitaras el dinero.
Ama como si nunca te hubieran herido.
Baila como si nadie te estuviera mirando.
visto como moraleja de una leyenda urbana en Historias Salvajes.
¿Quién necesita la realidad?
¡La realidad es una puta mierda!
Vale que los gráficos son buenos, pero no hay reglas, ni puedes guardar partida, ni hay vidas extras…
¡En el mundo real, no hay más que dolor y tristeza!
Después de discutir diferentes dificultades durante dos días, doce duendes de Dinamarca deshonradamente decidieron dividirse dos docenas de delicados diamantes de David Domínguez Duran, desfalcándolo duramente. David, después de descubrirlo, decepcionado dijo: «¡Devuelvanmelos! deberían demostrar decencia». Después de dos días decidió denunciarlos. Diez duendes desilusionados devolvieron diamantes, después dieron dinero donde debían. Después de diciembre, decepcionados de devolverlos descubrieron doscientas docenas de dólares. Desbordando de dicha, despilfarraron dinero durante doce días dignos de delicias doradas. Después dijeron: «donemos diezmo, definitivamente desahogaremos difíciles dilemas doctrinales
Tautograma en la extinta lista snark (2006). La autora es una jovencita de 12 años (entonces) llamada Fernanda Mendoza, de la escuela MAXEI, en la ciudad de Santiago de Querétaro, Qro. México.
Procurad pensar poco, pero profundamente (Francisco J. Briz).
Un día, la Niña de Gibraltar le dijo que tuviese cuidado con la fortuna que, a juzgar por su mano, no le ayudaría mucho. Corto Maltés se echó a reír.
– No te preocupes, madre –le dijo–, la fortuna me la fabrico yo.
Cogió una navaja de barbero y allí, sobre la palma de la mano, donde hubiera debido encontrarse la línea de la fortuna, trazó un surco profundo y sangriento.