Me he apuntado a un curso de escritura creativa. Esta es mi primera tarea:

Hasta los más jóvenes milenials entre los marineros del puerto saben que esta historia que os voy a contar sólo pudo haber ocurrido en esa antigua ciudad del occidente de Europa, donde los vientos llevan nombre y la gente sonríe permanentemente.

Érase una vez un gorrión que solo quería vivir en Cádiz, aunque a veces los caprichosos vientos se empeñaran en llevarlo por otros derroteros. Afirmaba sin vacilaciones que las migas de las tostadas que caían al suelo entre las mesas gaditanas eran las más sabrosas que nunca gurriato alguno hubiera probado. Buscando mijitas de pan conocía toda la ciudad, desde la Residencia Militar hasta el Parador. Incluso de vez en cuando se colaba en el Acuario, pues le gustaban especialmente los desayunos de su cafetería. Y también sabía de los secretos que escondían los callejones, las playas por la noche y el puerto, que allí le llaman Muelle.

En el Muelle precisamente vivía una vieja leona que había escapado hace años de un circo que embarcaba hacia Canarias y a la que nadie había echado de menos. Sobrevivía con la basura de los cruceros y se escondía de todo y de todos, pues había aprendido a temer a los seres humanos. El gorrión la visitaba con cierta frecuencia y tenían una relación que, si no era de amistad, se le parecía.

Un día el gorrión entró en una sala del Acuario que nunca había visitado. Allí se encontró, detrás unos gruesos cristales, a una delfín de ojos tristes. Durante varios días repitió la visita y ninguna vez encontró ni un atisbo de alegría en la mirada de la prisionera.

El gorrión, que amaba la libertad por encima de todas las cosas (incluidas las migas de las tostadas gaditanas), fue a plantearle el caso a su amiga la leona. Esta que, como demostraba su forma de vida, también era libertaria por defecto y por exceso, le escuchó atentamente.

Gorrión y leona entraron en el acuario de madrugada cargados de buenas intenciones, de herramientas poderosas y de ánimo destructor. Cargaron contra los cristales que encerraban a la delfín y lograron romperlos.

Se pasaron el resto de sus vidas arrepintiéndose de esa noche.


Este cuento tiene tres moralejas. La clásica, seudofilosófica, dice que No todo el que quiere ayudar hace el bien. La fascista y antisolidaria dice que Te metas en tus asuntos. La que a mí me gusta es la científica: Piensa, piensa y piensa. Antes, durante y después de hacer cualquier cosa.