EN EL SALÓN, de Carlos Marchese

En este día en que Discepolín hubiera cumplido 123 años y aunque el tango que enhebra el hilo argumental del siguiente relato no tiene nada que ver con D. Enrique, es un honor para esta bitácora presentar a ustedes en rigurosa primicia el siguiente relato de D. Carlos Marchese, amigo virtual en varias listas de tango a quien respetamos y seguimos desde hace tiempo. Bueno, no tan rigurosa, porque en la versión anterior de Cambalache ya lo presentamos hace 12 años.

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Cambalache: La biblia y el calefón.

Me llega directamente desde la cuna porteña del tango a través de mi amiga L@dy el siguiente texto, presumiblemente apócrifo, sobre uno de los versos más extraños del hermoso tango que da nombre a esta vuestra bitácora:

Exacta, real, demostrable y creíble; parece mentira que jamás lo explicaran los miles de escribas, literatos e intelectualoides que dicen Estudiar el tango.

Sable sin remache se le llamaba a un gancho donde se colgaba el papel higiénico al lado del inodoro.

La Biblia y el Calefón; se habla de ello y la mayoría no sabe de que se trata: He aquí la historia de la vida cotidiana, que acontecía en la ciudad de Buenos Aires, no sé si en otros lugares pasaba o no, y que explica el porqué de la aparentemente surrealista asociación de la Biblia junto al calefón que aparece en el tango «Cambalache», cuyas letra y música fueron compuestas por Enrique Santos Discepolo en 1935.

La historia tiene relación con los servicios higiénicos, baños, la higiene personal y la forma de realizarla; y como no se me escapa que algunos lectores pueden ser muy jóvenes y puedan no haber conocido otro tipo de baños que los que se estila usar en la actualidad al menos en el mundo occidental y cristiano, voy a recordar primero un par de datos que considero necesario sean tenidos en cuenta.

Hasta finales del XIX se utilizaban bacinillas, también llamadas tazas de noche, cuyos contenidos eran arrojados por las ventanas al grito de agua va, y antes aun, letrinas que solían estar en los fondos de las casas.

En Buenos Aires, coexistieron bacinillas y letrinas hasta principios del siglo XX, época en que las familias acomodadas comenzaron a instalar baños.

Luego el uso de baños se generalizó y se empezó a construirlos en todas las viviendas, aún en las mas modestas. El sencillo «mini-ambiente» constaba al menos del retrete y lavabo y si los lujuriosos propietarios de casa gustaban de practicar la morisca costumbre de lavarse todo el cuerpo más o menos seguido, y si además tenían medios económicos suficientes como para costearse ese capricho, los baños también tenían una ducha.

Claro, si había una ducha era necesario calentar el agua, así al lado de la ducha se instalaba un Calefón.

Sin embargo, el papel higiénico tardó en obtener su carta de ciudadanía para poder trabajar en limpio en estas sucias tierras y aun cuando apareció era bastante caro y no estaba al alcance de todas las familias, las cuales se veían obligadas a utilizar para esos fines sanitarios el vulgar papel de diario o, en su defecto cualquier otro.

Por supuesto, eran muy estimados los papeles mas sedosos, así que los sufridos usuarios trataban de conseguir en las verdulerías y fruterías los papeles con los que venían envueltas las manzanas y otros productos del campo, algunos de estos soltaban tinta….

Otro muy apreciado era llamado el «papel Biblia», por ser esta especialmente delgado y suave.

Ahora bien, ya por entonces existía la Sociedad Bíblica , una de cuyas misiones parece ser la de difundir la Biblia Protestante , para lo cual regalaba ejemplares del sagrado libro, en la actualidad lo sigue haciendo.

Pues muchos de los habitantes de Buenos Aires deben de haber parecido devotos creyentes, ya que aceptaban de continuo esas «gentilezas», y que siendo mayoría la grey católica, lo mismo pasaban y retiraban la Bibliaprotestante tantas veces como sabían que la Sociedad las tenia en obsequio en las calles, plazas o en su sede central.

Sin embargo, cuentan los hombres dignos de fe (aunque Alá sabe mas) que quiénes obtenían esas Biblias, les perforaban una tapa y las colgaban en un gancho de alambre, (llamado sable sin remache) al lado del calefón, cerca del retrete, e iban arrancando las suaves hojas para usarlas como papel higiénico.

En este hecho se habría inspirado Enrique Santos Discepolo para decir con elegancia propia de un grande:
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
Y HERIDA POR UN SABLE SIN REMACHE,
VES LLORAR LA BIBLIA JUNTO A UN CALEFÓN


Por guapo (tango)

I

Ahora sé que no debí
quererte de esa manera,
sé que mi vida entera
por tu culpa la perdí.

Pero era joven y guapo
y prendido en tu belleza
dí galope a mi tristeza
e hice versos para ti.

Dejé mi linda casita
y a mi vieja, pobrecita,
un buen disgusto le dí.

Te llevé con mis amigos,
hicimos un lindo nidito
y empezamos a vivir.

Yo pensaba que por guapo
serías siempre para mí.

Yo pensaba que por guapo
serías siempre para mí.

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